El primer combate aeronaval en el mundo fue en Topolobampo, Sinaloa, donde el capitán piloto aviador Gustavo Salinas Camiña y el mecánico Teodoro Madariaga bombardearon el buque “Guerrero” obligándolo a retirar su posición de batalla frente al cañonero “Tampico”.
14 de abril de 1914
El sol de la mañana comenzaba a calentar las aguas de la Bahía de Topolobampo. En el horizonte, el panorama era sombrío para las fuerzas constitucionalistas. El cañonero "Tampico", comandado por el valiente Hilario Rodríguez Malpica, se encontraba encallado en un banco de arena, herido y vulnerable. Frente a él, como un depredador acechando a su presa, el buque huertista "Guerrero" mantenía su posición, disparando sus cañones con la calma de quien sabe que la victoria es cuestión de tiempo.
Pero en la playa de "Las Copas", un sonido extraño, un zumbido mecánico que desafiaba el romper de las olas, empezó a rasgar el aire. Era el "Sonora".
El capitán Gustavo Salinas Camiña trepó a la precaria cabina del biplano Martin. A su lado, o más bien apretado en el pequeño espacio disponible, el mecánico Teodoro Madariaga sostenía entre sus piernas el cargamento: bombas rudimentarias, tubos de acero rellenos de dinamita y metralla, con palancas de impacto fabricadas artesanalmente. No había miras telescópicas ni computadoras de vuelo; solo el ojo, el pulso y el viento.
El avión carreró por la arena y se elevó sobre el Golfo de California. Para los marinos del "Guerrero", aquello debió parecer una alucinación o un ave prehistórica. Nunca antes un buque de guerra había tenido que mirar hacia arriba para defenderse.
Salinas Camiña niveló el biplano a unos 1,000 metros de altura. Abajo, el "Guerrero" disparaba sus cañones contra el "Tampico". Salinas hizo una señal y Madariaga, asomándose por el costado del fuselaje, soltó la primera bomba con las manos.
El proyectil cayó trazando una parábola incierta. Una columna de agua se levantó cerca de la popa del buque huertista. Los marinos del "Guerrero" entraron en pánico. Intentaron elevar sus cañones de grueso calibre, pero estos estaban diseñados para disparar al horizonte, no al cielo. El "Guerrero" estaba ciego ante un ataque vertical.
Madariaga lanzó una segunda y una tercera bomba. Aunque ninguna hizo un impacto directo en la cubierta, la cercanía de las explosiones sacudió el casco del buque. El capitán del "Guerrero", temiendo que una de esas "flechas de dinamita" perforara la santabárbara o destruyera el puente de mando, tomó una decisión sin precedentes en la náutica militar: ordenó la retirada.
El "Guerrero" viró hacia mar abierto, alejándose del alcance del pequeño avión y dejando respirar al "Tampico". Salinas Camiña y Madariaga regresaron a la playa, aterrizando entre los vítores de los soldados revolucionarios.
Ese día, en un rincón de México, el paradigma de la guerra cambió para siempre. El mar ya no era el dominio absoluto de los barcos; el cielo había demostrado que, con un motor, dos alas de tela y un par de hombres decididos, incluso el acorazado más potente podía ser obligado a retroceder.
Fue un combate breve, casi rústico en su ejecución, pero su eco resonó en todas las academias navales del mundo. Fue el día en que México escribió, con humo y gasolina, el primer capítulo de la guerra aeronaval.
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